El Monstruo de Frankenstein: El más inmortal del cine

Su piel amarillenta apenas cubría la red de músculos y vasos sanguíneos. Su cabello era largo y sedoso, sus dientes muy blancos, pero todo ello no lograba más que realzar el horror de los ojos vidriosos, cuyo color podía confundirse con el de las pálidas órbitas en las que estaban profundamente hundidos, lo que contrastaba con la arrugada piel del rostro y la rectilínea boca de negruzcos labios (1).

El Monstruo es el protagonista de Frankenstein o el moderno Prometeo (1818), la célebre novela de Mary Shelley (1797–1851). Aunque la criatura carece de nombre en la obra original (donde recibe apelativos como «monstruo», «engendro» o «demonio»), la cultura popular le ha atribuido por error el de su creador, el científico Victor Frankenstein.

Pese a su imponente aspecto, es una criatura definida por su trágica condición: un ser ensamblado a partir de restos humanos extraídos de cementerios y salas de disección, cuya chispa vital es animada por un procedimiento científico impreciso basado en los experimentos galvánicos (2) de la época. Lejos de ser un bruto insensible, Shelley lo humaniza profundamente y lo concibe como una figura trágica y elocuente, consciente de su propia fealdad, de su forzada diferencia y del rechazo sistemático de la sociedad. Su inmensa fuerza como arquetipo imperecedero nace precisamente de esa compleja mezcla de extrema vulnerabilidad psicológica y letal amenaza física, convirtiéndolo en un sujeto con dilemas morales antes que en un simple antagonista de la historia.

Del texto a la iconografía: El nacimiento de Fritz

Primera representación de Frankenstein en teatro.
Cover of Presumption; or, the Fate of Frankenstein by Richard Brinsley Peake. 1823.

La novela de Mary Shelley no detalla un diseño visual corporativo o industrial concreto para la criatura, describiéndola únicamente con cabello negro lustroso, dientes de una blancura perla y una piel amarillenta que apenas cubre el entramado de músculos y arterias subyacentes. Esta falta de especificidad gráfica permitió que el teatro del siglo XIX empezara a moldear e inventar su propia imagen comercial para los escenarios.

La adaptación escénica más temprana de la que se tiene registro histórico fue la obra teatral Presumption; or, the Fate of Frankenstein (1823), escrita por Richard Brinsley Peake y estrenada en el English Opera House de Londres. Fue en esta producción donde el actor Thomas Potter Cooke interpretó al Monstruo adoptando por primera vez una gestualidad mímica y torpe que impactó al público, incluyendo a la propia Mary Shelley, quien asistió a ver la función. Además, esta obra introdujo un elemento crucial que no existía en la novela original: el asistente jorobado y torpe de Victor Frankenstein, bautizado en el guion de Peake como «Fritz», el cual serviría de inspiración directa para el posterior «Igor» de la cultura cinematográfica.

El monstruo en el cine primitivo

La primera adaptación cinematográfica de la historia se estrenó en el cine mudo bajo el título de Frankenstein (1910), un cortometraje de apenas doce minutos producido por la Edison Manufacturing Company de Thomas Alva Edison y dirigido por J. Searle Dawley (1878–1949). En este metraje pionero, el actor Charles Ogle (1865–1940) asumió el papel de la criatura portando un aparatoso maquillaje diseñado por él mismo, caracterizado por una melena salvaje y desgreñada, rasgos faciales hipertrofiados y manos deformes.

Para la famosa secuencia de la creación en el laboratorio, el equipo de Edison utilizó un ingenioso truco de efectos especiales primitivos: quemaron un muñeco de papel maché con la forma del monstruo y luego reprodujeron la película al revés (fotografía inversa), dando la ilusión óptica de que la carne y los huesos de la criatura se materializaban mágicamente a partir de las cenizas del caldero. Se puede apreciar que el humo no sube hacia arriba sino al contrario (minuto 3:20 en adelante).

La consolidación del arquetipo

La iconografía definitiva y universalmente reconocible del Monstruo se consolidó con el largometraje Frankenstein (1931), producido por Universal Pictures, dirigido por el cineasta británico James Whale (1889–1957) y protagonizado magistralmente por el hasta entonces desconocido actor Boris Karloff (1887–1969). El legendario diseño visual fue obra del jefe de maquillaje del estudio, Jack Pierce (1889–1968), quien realizó una meticulosa investigación anatómica antes de desarrollar la caracterización. Pierce alteró la estructura ósea de Karloff utilizando capas de algodón, colodión y una prótesis de cabeza plana para simular el corte quirúrgico donde el cerebro había sido introducido. Los elementos metálicos situados en el cuello de Karloff —y que el público suele confundir erróneamente con tornillos— eran en realidad electrodos destinados a actuar como bornes de conexión para canalizar la corriente eléctrica y la descarga de los rayos hacia el cadáver.

Aspecto de Frankenstein

La icónica piel del personaje se pintó con una base de pintura grasa de un color verde pálido específico (denominado técnicamente monster green) debido a que reflejaba un tono de palidez cadavérica sumamente eficaz al ser capturado por la película ortocromática en blanco y negro. La transformación diaria requería cerca de cuatro horas de aplicación y el traje completo, sumado a las monumentales botas de asfalto diseñadas para alterar el andar del actor, pesaba más de veinte kilos. El director James Whale complementó este prodigio técnico dotando a la criatura de una conmovedora dimensión infantil y desamparada, capaz de cometer actos terribles por pura ignorancia pero también de mostrar una gran ternura, como en la trágica escena del lago junto a la niña María. Esta versión convirtió al monstruo en el rostro corporativo por excelencia del cine de terror gótico estadounidense.

Variaciones y mutaciones posteriores

A partir de mediados de la década de los años treinta, el tratamiento del mito cinematográfico se diversificó notablemente. Las sucesivas secuelas producidas por la Universal Pictures —como La novia de Frankenstein (1935) o El hijo de Frankenstein (1939)— lo convirtieron en un personaje serializado, mientras que la Hammer, en los años cincuenta y sesenta, lo reinterpretó con un tono más físico y explícito. El verdadero giro estilístico e histórico se produjo en La maldición de Frankenstein (1957). Al no poder utilizar legalmente el diseño de cabeza plana registrado en exclusiva por la marca Universal Pictures, el maquillador de la Hammer, Phil Leakey, tuvo que idear un concepto radicalmente diferente para el nuevo actor, Christopher Lee (1922–2015). Esta versión británica mostró a un ser de rostro cubierto de costuras espantosas, tejido necrosado y un aspecto puramente quirúrgico y descarnado que, por primera vez en la historia de las pantallas, se exhibía en un sangriento y explícito color (Eastmancolor).

Peter Boyle  como El Monstruo en El jovencito Frankenstein.
Peter Boyle como El Monstruo en El jovencito Frankenstein. Fuente: https://www.flickr.com/photos/tom-margie/2069885867

Otras versiones posteriores lo desplazaron hacia la sátira, la ciencia ficción o el drama, como la célebre El jovencito Frankenstein (1974) de Mel Brooks, o el Frankenstein de Mary Shelley (1994) dirigido por Kenneth Branagh y protagonizado por Robert De Niro. Cada época histórica reescribió y modificó su función primordial del engendro según sus propios códigos culturales: víctima, amenaza, experimento fallido o metáfora social. El arquetipo se mantiene porque admite variaciones sin perder su núcleo: un ser creado por el hombre que se vuelve espejo de sus propios límites.

Por qué sigue funcionando el mito científico

El monstruo de Frankenstein permanece plenamente vigente en el imaginario colectivo contemporáneo porque encarna un conflicto ético que el lenguaje visual del cine puede representar con absoluta claridad: la insalvable tensión existencial entre el acto de la creación tecnológica y la responsabilidad moral de su creador. Su trágica figura permite explorar el miedo atávico a la ciencia deshumanizada o a la manipulación genética, la fragilidad y caducidad del cuerpo biológico, o a las consecuencias impredecibles de la IA combinada con la robótica.

Notas

(1) SHELLEY, Mary. Frankenstein. Barcelona: Orbis Fabbri, 1995, p. 84.

(2) https://dle.rae.es/galvanismo

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